La basílica constituye la muestra más importante del arte paleocristiano en Milán: las piedras sobre las que se levanta el edificio son restos del anfiteatro romano del que se conservan aún vestigios en la via Conca del Naviglio.
La primera construcción de la basílica se remonta al siglo IV d. C. Sufrió algunas transformaciones románicas en el siglo XII para ser reconstruida más tarde por Martino Bassi tras el derrumbe de la cúpula en el año 1573. La fachada se modificó en 1894. Frente a la fachada se reparten 16 columnas de la época imperial, que probablemente formaran parte de un templo (o de unos baños termales públicos) en el siglo IV.